113: competitividad en números
06/01/2010
Venezuela tiene el compromiso, la responsabilidad y el derecho de ser mejor cada día, haciendo uso extensivo y sostenible de su potencial, capacidades y actitudes, para fortalecerse en el entorno global como país próspero y sustentable, garantizando la equidad, libertad, crecimiento y calidad de vida de cada uno de sus hijos.

Cuando hablamos de competitividad, el común de las personas, eso que llamamos el ciudadano de a pie, generalmente asocia el término, o bien a una actitud de “quítate tú pa’ ponerme yo” de algunas personas, o bien a una condición de beligerancia de las empresas por controlar el mercado a toda costa.

Pocas veces aceptamos que se nos califique de competitivos con una sonrisa y agradeciendo el cumplido, porque no es poco frecuente que se utilice la palabra como una forma de ‘mentarnos’ el origen y quejarse de un comportamiento poco ético, agresivo o contrario al interés de los demás, por decir lo menos, que se haya percibido de nosotros. Y sin embargo, si nos damos la oportunidad de indagar en el sentido e implicación real del término, nos encontramos con una simple palabra que pretende nombrar la capacidad de utilizar nuestros recursos (personales y/u organizacionales) para posicionarnos con ventajas en el entorno en que nos desenvolvemos y alcanzar nuestras metas.
Es interesante, por demás, como teñimos un concepto sencillo como este con juicios y prejuicios del más diverso origen. Cómo podemos rápidamente asumir que esos ‘recursos’ que utilizaríamos para ser más competitivos consistirían en mañas, tretas y juegos sucios; o cómo aceptamos con facilidad que el ‘posicionarnos con ventajas en el entorno’ es algo que vamos a lograr ‘a costa de’ o contra otros. Nos llama también la atención que con frecuencia los venezolanos pensemos que el logro de nuestras metas es una acción de egoísmo que atenta contra valores como la solidaridad o la empatía con otras personas, como si la posibilidad de acceder al logro personal fuera un recurso no renovable que agotamos al hacer uso de él, y sólo nos ennobleciera el sumar esfuerzo al éxito de otros.
Hace 16 años nace en nuestro país una organización justamente con la misión de fortalecer las capacidades competitivas en los venezolanos, detectando y documentando modelos de excelencia y ‘bien hacer’ criollos, para utilizarlos como elementos de inspiración y aprendizaje para el resto de la nación. Una de sus premisas consistió en promover la competitividad de abajo hacia arriba, trabajando con las personas para, desde allí, apoyar a las organizaciones que ellas conformaban en todos los sectores de la vida nacional (sociedad civil, empresa privada, sector público). Esa premisa se fundamentó en la confianza de que gente más competitiva sería promotora de empresas e instituciones más competitivas. Todo esto con el sueño puesto en que la suma de estos factores alterara contundentemente el resultado, y termináramos construyendo un país más competitivo.
Pues, 16 años más tarde, el trabajo tesonero de Venezuela Competitiva ha dado contundentes resultados: una colección de 188 casos documentados y publicados de organizaciones exitosas nacionales de todos los sectores y escalas, un consistente programa educativo en nuestras escuelas y universidades, una labor permanente de apoyo a cooperativas, microempresas y pymes para optimizar sus modelos de operación. Aún así, seguimos enfrentando una resistencia generalizada ante la palabra competitividad, ahora sazonada por una tirantez ideológica que pretende colocarla del otro lado de valores esenciales como la cooperación, la solidaridad, la sostenibilidad, la equidad, entre otros.
Las palabras sólo nombran lo que nombran, uno elige el tono con que las tiñe de implicaciones.  En Venezuela Competitiva entendemos la competitividad como ‘hacer el máximo uso de nuestras capacidades y competencias para lograr nuestras metas con excelencia, en el marco de los valores que nos representan’. Acá son varias las palabras que nos gustaría subrayar: capacidades, competencias, logro, excelencia y valores. Hablamos del derecho de cada ser humano a ser mejor cada día, de ver sus sueños convertidos en realidad a partir de su esfuerzo y del uso de sus destrezas, de la vocación por hacer bien las cosas, y de los principios éticos que nos identifican como seres humanos estemos en el rol en que estemos: ciudadanos, padres, hijos, socios, empleados, patronos, estudiante, emprendedor, en fin.
Venezuela, al igual que cada uno de nosotros como individuos, es un cúmulo de potencialidades, capacidades, recursos. Los sueños de sus ciudadanos componen un gran sueño colectivo de equidad, justicia, libertad, prosperidad, crecimiento, desarrollo sostenible. A la par de nosotros, está identificada con valores específicos que la determinan, valores de solidaridad, respeto, trabajo, valoración del otro, tolerancia, cooperación, amistad, honestidad. Tal y como sucede con cada ser humano nacido en su seno, nuestro país puede componer una ecuación competitiva que la impulse al logro de metas, a través del ejercicio de sus capacidades y recursos, respetando sus valores. La competitividad que es un derecho de desarrollo y crecimiento para cada persona, y una responsabilidad de cada uno con dar lo mejor de sí, vale también para nuestro país.
Venezuela tiene el compromiso, la responsabilidad y el derecho de ser mejor cada día, haciendo uso extensivo y sostenible de su potencial, capacidades y actitudes, para fortalecerse en el entorno global como país próspero y sustentable, garantizando la equidad, libertad, crecimiento y calidad de vida de cada uno de sus hijos. No podemos conformarnos con dar y obtener menos de lo que nuestro potencial nos permite como personas, profesionales y ciudadanos. De igual modo, no podemos aceptar como un ‘sino’ el que nuestro país esté a la cola de los indicadores y escalas de competitividad y progreso.
Hoy hemos sido sentados en el banquillo del desarrollo competitivo con un número 113 en la camiseta. El Índice de Competitividad Global que es desarrollado y publicado anualmente desde hace dos décadas por el Foro Económico Mundial, evaluó 133 economías de países desarrollados y en desarrollo para su informe de 2009-2010. En este indicador, Venezuela, país lleno de posibles, de recursos, de gente ‘echada p’alante’, de valores, de esperanzas, quedó en el lugar 113, cayendo desde el lugar 105 que obtuvimos el pasado año. Toca pensar por qué. Toca ponerse la mano en el corazón y asumir nuestra cuota en la ecuación. Toca juntar nuestras propias variables y elevar nuestro desempeño, para impulsar una ola que logre arrastrar los prejuicios, lo que no estamos haciendo, reparar lo que ha estado mal hecho y empujar un salto en esa escala.
Podemos simplemente echarle las culpas al termómetro porque marca la temperatura que nos consume y señala que nuestro organismo no está completamente sano. Podemos romper y pisar el termómetro, y no por eso la fiebre va a pasar. El índice de competitividad mide la habilidad de los países de proveer altos niveles de prosperidad a sus ciudadanos y esta habilidad depende de cuán productivamente un país utiliza sus recursos disponibles. En consecuencia, el índice mide un conjunto de instituciones, políticas y factores que definen los niveles de prosperidad económica sostenible hoy y a medio plazo. Podemos culpar al que nos contagió, lloriquear y dejar que la condición empeore con las correspondientes consecuencias. O podemos revisar nuestros síntomas, acudir al doctor, tomar los remedios, poner nuestro empeño en corregir lo que nos llevó al lugar en que estamos y actuar.
Cada persona puede hacer algo. Un país es la suma de sus ciudadanos. Podemos, desde nuestra pequeña parcela de país tratar de hacer la diferencia, limpiar de juicios la palabra competitividad y vestirnos con la oferta que ella nos hace. Podemos ser ejemplos, modelos, inspiración en nuestro metro cuadrado, y sumar. Sumar ciudadanos competitivos, con valores y recursos. Sumar excelencia y ganas de ser mejores. Sumar cooperación, responsabilidad, solidaridad, tolerancia y justicia. Hacer más competitiva nuestra cuadra, nuestra familia, nuestro edificio, la institución y/o empresa en que trabajamos, nuestra comunidad. Hay ejemplos, hay quien lo está haciendo. Giremos nuestra mirada hacia ellos y tendámosles la mano, para aprender y sumarnos. Para ser más y hacer más.
Dunia de Barnola D.
Directora ejecutiva
Venezuela Competitiva
Para mayor información sobre la colección Éxito Venezolano, véase www.venezuelacompetitiva.com o escribir a publicaciones@venezuelacompetitiva.com